EDUCACIÓN INTERNACIONAL SALUDABLE

“El Dinka blanco”, cuento de Joaquín Arespacochaga incluido en la antología “Donde Jiña el perroflauta”, Ediciones Toy Story

RESEÑA:

Más relato corto que cuento, dado el vivo realismo con el que Joaquín Arespacochaga nos acerca a esta historia de Rol Bolinga, niño nacido diferente en el seno de una apacible comunidad de la tribu Dinka en plena sabana sudanesa, bañada por el río Lol, afluente del Nilo Blanco.

Rol había nacido albino, lo que supone una trágica maldición entre determinadas tribus africanas. No, sin embargo, entre los dinkas, gentes pulidas y con sentimientos, defensores de los suyos, fueran como fueran, salieran como saliesen. Como cuenta Joaquín Arespacochaga, en este caso, el problema de Rol era que resultaba un niño sobreprotegido por la comunidad, como le sucediera a la "Dama duende” de Calderón, intuyendo la debilidad comparativa que esa diferencia le podría acarrear. Y era el caso que, debido a lo frágil de su piel no pigmentada y la emperejilada palidez de su cuerpo,  Rol debía guarecerse de la exposición al sol, a la encomienda abemolada de su fiel abuela, siempre a la sombra de un enorme abedul, al regalo de sus constantes solicitudes. La entregada abuela se desvivía en atenciones, guardándole de cualquier peligro. Todo ello le llevó a vivir una infancia aislada de los chicos de su edad, lo que acentuaría aún más aquella fragilidad de nacimiento. Aunque nunca fue rebelde a los medios que para su remedio en el poblado se buscaron.

Durante su infancia Rol no acertaba a comprender por qué le era vedado hacer determinadas cosas y jugar libremente con sus amigos. No obstante, y como con acertada sensibilidad relata Joaquín Arespacochaga, Rol se fue haciendo consciente de que su aislamiento obedecía a la necesidad de proteger su cristalina piel. Sus amigos, muchas veces le visitaban, sentados bajo su anchuroso abedul, satisfaciendo así su apetencia de compañía. A pesar de su incomprendida  peculiaridad, Rol sentía en todo momento la cercanía de las gentes del poblado, que eran la cifra de todo su mundo.

A pesar de sus debilidades, Rol vivió una infancia feliz, con su rostro alegre y  claro, como el Gerasim de Tolstoi. La pequeña flauta que supo fabricarse fue su descansado asidero, y con ella y su altura interior se acostumbró a redimirse de su desvalimiento, como relata Joaquín Arespacochaga.

Llegado el iniciático día del ineludible “rito de paso”, ceremonial africano que celebra el tránsito de los adolescentes a la edad adulta, la comunidad declaró a Rol exento de tan cruel prueba, consistente en abandonar a los adolescentes a otro lado del río, donde se escondían todo tipo de sordos peligros y fieras rondadoras. Pero Rol no se resistió a acompañar a sus amigos y vivir su “rito de paso”, y en un descuido de su abuela se introdujo en la jungla al amanecer. Pronto, “abrasado en el último rincón de su cuerpo”, como relata Joaquín Arespacochaga, se tumbó a cubierto del insistente sol y así esperar acontecimientos.

En un momento de sombrío descanso, le despertó el grito angustiado de su amigo Mambo, que corría perseguido por un enorme león. Instintivamente y sin pensárselo un momento, corrió en su ayuda cruzándose en su trayectoria. “Nunca más se supo de Bolinga”, como escribe Joaquín Arespacochaga, salvo su flauta compañera que se encontró tirada ente los matorrales. Desde entonces, el poblado afligido honraría su memoria, y en cada “rito de paso”, regalarían a sus hijos adolescentes una flauta en su recuerdo.

Bello relato de Joaquín Arespacochaga, con reminiscencias de los hermanos Grimm, que nos deja una historia conmovedora, que nos cautiva por los valores que encierra: amistad, valentía, compromiso, superación de uno mismo, y de no dejar de vivir lo que uno cree propio. Aferrado a la realidad y a la limpia verosimilitud, este cuento de Joaquín Arespacochaga no necesita de un final feliz, basta con un desenlace sumamente enriquecedor, sobre todo en estos días de levedad, de blanda intrascendencia, de falsa identificación de la felicidad con el placer, enseñándonos cómo los sacrificios individuales y generosos, más si provienen de los menos dotados, pueden resultar beneficiosos para los demás. La humanidad sólo progresa alimentada del sacrificio de sus individuos.

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